Como buen día lunes le traemos esa capsula de conocimiento audiovisual proveniente de los Dichos de Editores, porque a todos nos gusta aprender y que mejor de leyendo sobre la experiencia de personas que se han fogueado en el tema.
Esta ocasión vuelve Michael Kahn a esta pequeña sección y habla sobre la importancia de la humildad del editor y cual es el placer de trabajar en una sala de montaje.
No sé explicar cómo hago lo que hago. Supongo que tengo ciertos circuitos en el cerebro que me permiten apreciar si las cosas son armoniosas o si el ritmo fluye, cuando estoy contando la historia con los visuales. Algo te dice que las cosas están bien. No me enseñaron nada de esto: es tan sólo algo que llevo dentro. De repente tengo la sensación de que la forma en que cortado la escena es lo bastante buena para enseñársela a Steven [Spielberg]. Antes de mostrarle el material al jefe, debes estar satisfecho con él. Tiene que parecerte bueno.
A menudo le digo a Steven: «Deja que me equivoque. Deja que no tenga miedo de probar algo distinto e innovador, porque si me limito a ser convencional no te voy a ayudar en nada». Y él me deja equivocarme. Me dice lo que le gustaría, por supuesto, pero si yo quiero probar otra cosa, no hay ningún problema. Puede que deseche mi idea, como a veces ocurre, o que la acepte. Pero al menos tiene algo con lo que trabajar.
Steven siempre dice a todo el mundo: «Yo filmo para la sala de montaje». Ésa es su frase hecha. Filma material suficiente para que podamos ir por el camino que queramos en la sala de montaje. A menudo la gente se olvida que una película no es una película hasta que está montada. Piensan que si lo has filmado, ya es un filme. Pero no lo es. Hay que darle forma. Tienes que pensar dónde quieres colocar las escenas y dónde deseas que aparezcan las reacciones. Hay muchísimo trabajo que hacer si se quiere obtener el mejor efecto posible.
La primera vez que trabajé con él fue en Encuentros cercanos del tercer tipo (Close Encounters of the Third Kind, 1977). En la película hay un momento en el Neary (Richard Dreyfuss) corre colina arriba, intentando llegar al otro lado, donde van a aterrizar las naves espaciales. Era incapaz de montar esa secuencia. No sé que me pasó, pero no podía hacerlo, así que acudí a Steven y le dije: «No sé cómo hacer esto», y él me respondió: «Qué bueno es tener un montador que dice que no sabe cómo hacer algo». Apreció el hecho de que no me avergonzara de mostrar mi vulnerabilidad pidiendo ayuda.
Llevamos 34 años trabajando juntos, y estoy muy cómodo con él, y él conmigo. Con Steven las cosas siempre son distendidas. Es abierto y flexible. Si discrepo con él o con otro director, sé cómo hacerlo de forma indirecta. Tienes que utilizar las palabras adecuadas, como: « ¿Crees que esto funciona? ¿Crees que estamos haciendo lo correcto?». Los asaltos frontales no son buenos y no creo que le gusten a nadie, aunque muchos montadores los practiquen.
Nunca olvidaré la reacción a La lista de Schindler (Schindler’s List, 1993) cuando la proyectamos en la Academia. La película terminó y se hizo el silencio. Nunca he estado en un filme en el que sólo hubiera silencio. Se oían algunos murmullos, pero la mayoría de la gente se había quedado absorta tras la película. Es precioso ver cómo queda afectado el público. Éste es el auténtico placer del montaje cinematográfico: estás ahí dentro, montando con tu director, pero en realidad lo estás haciendo para el público. El público es lo que importa.
Había una escena en particular que decidimos eliminar. Oskar Schindler está hablando por teléfono en su fábrica, y se entera de que está llegando un tren lleno de judíos evacuados de un campo de concentración. Y todos corren a recibir al tren, y abren el vagón, y en el interior están los judíos muertos por congelación. Dios mío, esa escena era tan dura… le había puesto música de fondo, una canción hebrea, y la escena desgarraba el corazón: era demasiado. Steven decidió desecharla, y estuve de acuerdo. El público también tiene un límite de resistencia. No hay que agobiar a la gente con escenas dramáticas, ni exagerar, porque entonces se convierte en un melodrama.